Paseo por las calles, por los parques, por los rincones de mi humilde pueblo observando a los niños correr de un lado a otro, sonriendo, gritando, llorando, cantando, saltando.
Madres preocupadas que retuercen sus manos mientras sus hijos hacen locuras por los columpios, mordiendo su labio inferior, temiendo que tendrían que salir corriendo detrás en cualquier momento, comienza la carrera, todas en posición, fingiendo que mantienen la típica charla de mujeres pero por el rabillo del ojo observan a sus pequeños con inquietud.
A pesar de todo los niños no se dan cuenta, ellos disfrutan, son felices, su pequeña mente no es capaz de darse cuenta de lo que pasa a su alrededor, nunca he visto el caso de alguien que viviese con tanta intensidad como un niño.
Cuantas veces hemos deseado ser felices, o hemos imaginado que volvíamos a ser pequeños y nuestra mayor ilusión era un partido de futbol, una carrera para ver quien era el más tonto, un juego detrás de otro, una emoción impartida por la inocencia, una sonrisa imborrable, porque por mucho que lloren siempre acaban sonriendo, el ser humano es patético... Lloramos, volvemos a llorar y nos quedamos abajo, deseando que nuestra vida cambie, soñando con desaparecer del universo, imaginando que dejamos de existir por un instante.
Y yo sigo viendo a esos niños tropezandose y aunque no puedan evitar el llanto, se vuelven a levantar, secando sus propias lágrimas con las mangas de la chaqueta y saliendo a correr detrás del niño que les pilló.
Y, en fin, la inocencia se quedó en aquellos años, la felicidad de la ignorancia la perdimos con el tiempo, aquello que nos hacía únicos frente a los demás, aquello que nos volvía especiales, se esfumó con los años, cuando debería haber sido al revés.
Yo me avergüenzo cuando me hundo y no me tengo en pie, cuando me arrepiento de errores que he cometido o cuando lloro sin motivos, porque aunque realmente me resulte inevitable, me siento más débil que un niño.
Y esta es una de las mayores envidias que siento, y es hacia las personitas más pequeñas del mundo
Mientras me crezco y cambio, me enfrentaré al dolor jugando, tenga los años que tenga, seguiré siendo la niña que algún día fui y eso es lo que me hará sentirme más orgullosa conmigo misma.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario