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martes, 7 de diciembre de 2010

Colores en blanco y negro...

Érase una vez, hace mucho tiempo, tanto que nadie es capaz de recordarlo, el mundo era frío, triste y en los corazones de la gente se extendía un enorme vacío.
Nadie se tocaba, las personas eran distantes entre ellas, no existían los abrazos ni los besos, las miradas no tenían el brillo actual y creo, espero no equivocarme, nadie se quería, no había cariño, ni amor, ni amistad, solo miedo y soledad.

Leyre apenas tenía 20 años y no entendía el valor de su existencia, del mundo, del ser humano, de la vida, no entendía nada, paseaba por las calles intentando encontrarle sentido a todo, siempre en vano, caminaba triste, nunca en su vida había conseguido sonreír.
Se sentó en un banco desesperada, dejando un charco de lágrimas a sus pies y esperó, esperó sin más, a ver si por casualidad recibía una señal que respondiera a una sola de sus preguntas. Sus rizos castaños se removían con el viento, como en una danza oscura y melancólica que empañaba aun más el paisaje grisáceo ante el que se encontraba y sus bellos ojos verdes del color del musgo se apagaban a medida que su corazón se consumía con el dolor, la gente la observaba y aunque por aquel entonces nadie parecía sentir nada, en sus rostros se mostraban signos de duda, de pena y de rabia.

Eric a sus 22 años era el chico más feliz, seguramente de todo el planeta, tenía una visión distinta del mundo, y aunque nadie sintiera, él si lo hacía, sonreía y caminaba dando saltitos y silbando una melodía alegre, pero aquello no era suficiente para contagiar un poco de alegría a su alrededor.
Cruzó la calle, giró a la izquierda y se encontró a una chica sentada, lloraba, lloraba mucho y su corazón dio tal vuelco que se le borró la sonrisa de la cara, sus ojos se empañaron, por fin, había encontrado a una persona capaz de sentir, capaz de dar uso a su corazón, capaz de llorar con todas sus fuerzas.

- Hola.
Leyre levantó la vista y vio al chico más guapo del universo, tenía el pelo corto pero rizado y moreno, sus ojos brillaban de una forma que jamás había visto antes y la iluminaban con ese tono azul que contrastaba con el moreno de su piel.
- Hola.
- ¿Por qué lloras?
- ¿Cómo no iba a hacerlo?¿Has mirado a tu alrededor?
Eric se giró y miró el paisaje, el gris se extendía más allá de donde su vista alcanzaba a ver, no había color y el silencio parecía manifestarse por todos los rincones de aquel lugar.
Se sentó junto a ella y le puso la mano sobre el hombro.
Ella se apartó corriendo ¿la había tocado? ¿Cómo se atrevía?
- Disculpa, ha sido sin querer.
Leyre le miró extrañada, ¿cómo podía tocarla sin querer?
- ¿Sin querer? No sabes lo que dices.
- No me malinterpretes en serio, simplemente soy… distinto. Podemos hablar, de verdad, quiero ayudarte.
- Nadie puede ¿acaso te crees capaz de cambiar el mundo?
- Si.
- Pues entonces si que eres distinto.
- Te lo dije.
Se produjo un largo silencio, ninguno de los dos habló, pero finalmente ella le miró.
- Por cierto, me llamo Leyre.
- Eric. - Le respondió con una enorme sonrisa.
- Encantada, ¿cómo piensas ayudarme con todo esto?
- Sígueme y te lo demostraré.
Eric se levantó de un brinco y le tendió la mano, ella dudó, pero al final se levantó, aunque sin tocarle y caminó junto a él.
- No se que pretendes, en serio.
- Ya te lo dije, ayudarte, nada más, quiero que aprendas a ver el mundo igual que lo veo yo.
- ¿Pretendes que sea rarita como tu?
- Más o menos.
- Si te soy sincera, no suena del todo mal.
- Y sonará mejor, te lo prometo. Además, tu ya eres distinta al resto de la gente y no digo rara, digo especial.
- ¿Qué te hace pensar eso? No me conoces.
- Porque tu lloras, eso ya implica que hay algo en tu corazón que nadie más tiene.
El sonrió, y ella, aunque le supuso un gran esfuerzo no pudo resistirlo, se asustó al instante, no sabia lo que era sonreír, no sabía su significado ni el por qué lo hacía, sólo sabía que le producía la sensación más agradable que había sentido hasta entonces.
- No consigo entender por qué el mundo es tan frío, ni por qué siento que quiero tocar a la gente, abrazar y besar.
- No se de qué me estás hablando.
- Ya te lo demostraré, cuando confíes un poco en mí.
- Ya confío en ti.
A Eric se le iluminó la mirada, es como si aquel voto de confianza hubiese supuesto un cambio en su vida, como si hubiese encontrado a una persona parecida a él, aunque sus sentimientos fueran tristes, no dejaban de ser lo que eran, sentimientos, ella había sonreído y él cada vez tenía más esperanza, persona a persona conseguiría cambiar el mundo, lo haría, por fin.
- Pon tu mano boca arriba Ley.
¿ La había llamado Ley ?
- ¡Vamos! Demuestra que confías en mí.
Ella lo hizo y al segundo Eric puso su mano sobre la de ella, su tacto era cálido y él no parecía tener miedo, sabía lo que hacía, muy despacio cerró los dedos y ella le imitó, quedando sus manos unidas, como en una.
- ¿Ha sido tan horrible como esperabas ?
- No… eh… me gusta.
Ella se ruborizó y un tono rosáceo le devolvió el color al rostro, vaya ¿Cómo podía tener esa sonrisa tan sumamente increíble ? Hacía apenas una hora estaba desolada y ahora no podía dejar de mirarle, a el y a su sonrisa, como si fuera lo único que tuviera color en el universo, eso y sus ojos, tan azules que parecía que era capaz de ver su corazón a través de ellos.
- Será mejor que te vayas a casa y descanses, mañana nos volveremos a ver, en el mismo lugar, será una nueva rutina.
- Vale ¿ A la misma hora ?
- Ven a la hora que sea, yo estaré aquí esperándote.
Soltaron sus manos y el frío les invadió, aun así se sonrieron mutuamente y cada uno dirigió sus pasos en una dirección.
Leyre giró la esquina y se frenó en seco, lo necesitaba, un solo respiro de su acelerado corazón y lentamente volvió a su ritmo habitual.
¿Qué estaba pasando?¿Qué es lo que llevaba dentro?¿Qué es lo que le producía esa sensación tan extraña para ella?¿Era él?
No cabía duda, era él, pero no sabía que significaba ese cosquilleo en el estómago, esa presión en el pecho, justo en el corazón, esas ganas de saltar, de gritar, de reír, de volar…
¿Se estaba volviendo loca?
-Teniendo en cuenta que ya empiezo a hacer cosas raras, va a ser que lo de Erik es contagioso y yo no lo sabía, me estoy volviendo toda una rarita.
Y en ese momento una carcajada salió de sus labios como una dulce musiquilla que inundó toda la calle, como suspiros de color mezclándose con el frío viento.

1 comentarios:

PGGancedo dijo...

Me ha gustado esto que he leído... Como Language Teacher, te diré que alguna tilde falta, pero que eso es lo de menos. Es muy bonito y además está bien escrito. ¿Qué hay de presentarse a algún concurso literario? Por probar, no se pierde nada...
(Fdo. Tu profe, que te quiere...). Y añado: ¡con la careta de mala leche que te me pones y lo sensible que eres luego! (Eso está bien).